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El parto, en la asombrosa naturaleza humana femenina, es una función normal, natural y saludable. La mujer es capaz de parir de manera prodigiosa y al hacerlo, atraviesa por una prueba de amor increíble, descubre que el amor es más grande y más fuerte que el dolor o el cansancio. Cuando experimenta el nacimiento de su hijo conoce por primera vez los límites de lo que es capaz de hacer, entregar y gozar dando la vida a su hijo, transformándose en madre.

 

El parto es la experiencia más grande que una mujer puede gozar, la vive intensamente y su impacto emocional la marca para siempre. Es algo que recordará con todos los detalles y cada vez que lo platica lo revive con tal magnitud que la forma en que el nacimiento se lleva a cabo no es algo indiferente.

 

De ahí que las madres merecen y tienen todo el derecho a dar a luz naturalmente libres de intervenciones médicas de rutina; tienen derecho a que se respete la fisiología del proceso  y el tiempo que requiera para dar a luz a su hijo; tienen derecho a compartir esta experiencia con su marido o con las personas que ellas elijan y tienen derecho a gozar de la atención médica  profesional respetuosa que les brinde el apoyo necesario para conservar la confianza en su habilidad innata para parir.

 

El parto vivido con dignidad, respeto, autodominio y confianza provoca que cuando el hijo nazca se encuentre con una madre fuerte y segura, valiente y decidida que sabe lo que quiere, y que, definitivamente, será capaz de educarlo y defenderlo con extraordinaria fortaleza.

 

El embarazo y el parto son maravillosos, son experiencias de la intimidad de la pareja. En él, el padre descubre aspectos y emociones de su mujer que antes del parto no conocía y la madre experimenta la fuerza que se logra al completarse con su marido cuando él la respeta y  la ayuda. Los dos, juntos, conocen el verdadero amor al entregarse totalmente al servicio de su pequeño hijo asumiendo cabalmente su maternidad y su paternidad.

 

El embarazo y el trabajo de parto son actos de amor. Exigen paciencia, compartir la vida, el tiempo, el espacio físico y la casa. Implica tolerancia, perdón y reconciliación. Incluso, la embarazada empatiza con las embarazadas del mundo entero, sufre con las malas noticias y se alegra cuando a otras madres les va bien en la vida.

 

La maternidad permite a la mujer crecer en el verdadero amor, ése que cuesta y llena de gozo el alma porque se vive intensamente.

 

La maternidad y la paternidad, que se complementan, significan rechazar el egoísmo y ser conquistados por el amor, un amor fecundo que obliga a “dar a luz” mediante actos de entrega personal.

 

De igual modo, durante la lactancia y la crianza las madres y los padres, son heroicos. Hacen gala de paciencia y tolerancia, son buenos con sus hijos atendiéndolos solícitamente, son fieles  a su misión y a su compromiso y hay muchos momentos que por servir al bebé o cuidar la propia salud se contienen de intimidar temporalmente, o buscan otro momento más propicio, dominándose a sí mismos y creciendo día a día en el amor. Esto es, hacen actos humanos, en los que libremente eligen lo que es bueno y verdadero.

 

Sin duda, después del parto, la mujer se ha transformado por completo para siempre y su esfuerzo ha valido la pena, ha aprendido a amar con todas las fuerzas de su alma, ya que se le ha dado el gran regalo de ser mamá.

 

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