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por Gabriela Oria

El período de gestación en los seres humanos es de  aproximadamente de 280 días,  es decir, 40 semanas, tiempo en que a partir de la fecundación del óvulo de la mujer por el espermatozoide del hombre, una nueva persona humana se forma y se desarrolla al punto que está lista para nacer y para enfrentar la vida extrauterina de manera saludable después de haber experimentado la extraordinaria aventura del proceso del parto.

 

El parto es una experiencia enorme que la mujer puede gozar, la vive intensamente y su impacto emocional la marca para siempre. Es algo que recordará a detalle  y cada vez que lo platica lo revive con tal magnitud que la forma en que el nacimiento se lleva a cabo no es algo indiferente.

 

Al parir, la mujer atraviesa por una prueba de amor increíble, descubre que el amor es más grande y más fuerte que el dolor o el cansancio. Cuando experimenta el nacimiento de su hijo conoce por primera vez los límites de lo que es capaz de hacer, entregar y gozar dando la vida a su hijo, transformándose en madre.

 

De ahí que las madres merecen y tienen todo el derecho a dar a luz naturalmente libres de intervenciones médicas de rutina; tienen derecho a que se respete la fisiología del proceso  y el tiempo que requiera para dar a luz a su hijo; tienen derecho a compartir esta experiencia con su marido o con las personas que ellas elijan y tienen derecho a gozar de la atención médica  profesional respetuosa que les brinde el apoyo necesario para conservar la confianza en su habilidad innata para parir. Una vez que el recién nacido ha llegado a la vida extrauterina, debe permanecer con su madre durante la primera hora de su vida tomando en cuenta que siempre es importante estar pendientes de que el bebe esté respirando, tenga buen todo muscular y buen color de su piel. Se debe contar con la supervisión médica adecuada de manera que la adaptación del bebé sea llevada sin ningún problema y el bebé pueda ser amamantado por primera vez.

 

El embarazo y el parto son maravillosos, son experiencias de la intimidad de la pareja. En ellos, el padre descubre aspectos y emociones de su mujer que antes no conocía; y la madre experimenta la fuerza que se logra al completarse con su marido cuando él la respeta y  la ayuda. Los dos, juntos, conocen el verdadero amor al entregarse totalmente al servicio de su pequeño hijo asumiendo cabalmente su maternidad y su paternidad.

 

El embarazo y el trabajo de parto son actos de amor. Exigen paciencia, compartir la vida, el tiempo, el espacio físico y la casa. Incluso, la embarazada empatiza con las embarazadas del mundo entero, sufre con las malas noticias y se alegra cuando a otras madres les va bien en la vida.

 

La maternidad y la paternidad inician propiamente con el parto y se complementan para “dar a luz” distintos actos de entrega personal de ambos padres. Durante la lactancia y la crianza las madres y los padres, son heroicos. Hacen gala de paciencia y tolerancia, son buenos con sus hijos atendiéndolos solícitamente, son fieles  a su misión y a su compromiso. Hay muchos momentos que por servir al bebé o cuidar la propia salud se contienen de tener relaciones sexuales genitales temporalmente, o buscan otro momento más propicio, dominándose a sí mismos y creciendo día a día en el amor.

 

El hombre que se entregó y por amor dio la vida a su hijo, al acompañar y procurar el entorno emocional y material para recibir a su hijo se ha trasformado en padre.

Sin duda, después del parto, la mujer se ha transformado por completo y para siempre. Su esfuerzo ha valido la pena, ha aprendido a amar con todas las fuerzas de su alma, ya que se le ha dado el gran regalo de ser mamá.

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